Saber fundar nuestros deseos

En un viaje a Japón hace alguno años, me sorprendió sobremanera ver en los templos sintoístas la gran afluencia de visitantes atraídos por el entorno natural en que se hallan muchos de ellos enclavados, y por alguna de las tradiciones ancestrales de pedir a los espíritus de la naturaleza algunos de sus deseos.

El cuidado detalle de los pliegues del papel en que los deseos de cada persona se formulan y su colocación casi ritual en las ramas de los árboles que bordean las entradas a los templos a modo de atrios de vegetación, dan a tal evento un aire de sosiego, una calma mental, y una aire de alegría contenida que parece que todo deseo formulado, no solo es una esperanza a cumplir, sino que se ha convertido en una realidad que ya se empieza a hacer presente.

Un deseo, una ablución con agua de la que se ingiere un ligero sorbo en algunas ocasiones y el paseo sosegado de algunos monjes, impecablemente vestidos de blanco en medio de aquella cuidada naturaleza, dan al evento un aire de vida y seguridad a nuestro propio deseo formulado.

Pensé entonces: que en muchas ocasiones nos formulamos nuestros anhelos tan impacientemente, tan apresuradamente, tan vacíos de sentido, tan envueltos de ruidos e interferencias, que pensar, disfrutar y experimentar un momento de sosiego para formular nuestras propia aspiraciones, nuestros sueños, las metas que nos proponemos, las etapas a las que queremos enfrentarnos en nuestro inmediato futuro, requiere de un tiempo de silencio, de una reflexión sosegada, y que al escribirla sobre un papel, subraya nuestra propia dinámica de ponernos en marcha para hacerla realidad y el tiempo para dejarlo colgado del árbol de los deseos, nos delinea mentalmente un tiempo que sabemos de paciente espera.

El sorbo de agua y la ablución, son ritos que nos hacen pensar simbólicamente en que, todo deseo parte de renovar y de pulir alguna cosa en nosotros, de refrescarnos con nuevas ideas y tantear nuevas perspectivas, de ser capaces de situarnos en la paz de nuestros espacios interiores o quizás de buscar un rincón tranquilo donde el contacto con la naturaleza y su silencio haga surgir de nosotros mismos el esfuerzo por construirnos, y con ello, ser constructores de nuestros propios deseos.

Gloria Blanco